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Guamuhaya

Todo en un apretón de manos

Todo en un apretón de manos

Por Octavio Pérez Valladares.

 

El efusivo saludo de Obama y Raúl con motivo de los honores fúnebres a Nelson Mandela, deja amplio margen para las conjeturas y se puede intuir -en primera instancia- un legado más del hombre creador de la nueva Sudáfrica: dejemos los rencores y odios en el pasado.

Tenemos los habitantes del planeta el imperativo de trabajar en común, porque hemos acelerado los efectos del cambio, el número de habitantes está por colapsar para la capacidad de este Planeta Azul y los problemas globales son acuciantes: erosión de los suelos, pérdida de los “ríos vivos” y la contaminación de la atmósfera, entre otros.

Madiba, en la historia, es el primero en demostrar en política que no hay razas, sino género humano; deberá primar lo bueno sobre lo malo, construir también un nuevo mundo a la disposición de todos, amén de que las diferencias perduren, porque debe cesar el hegemonismo para dar paso a la convivencia, con base en el respeto mutuo.

El saludo del presidente norteamericano fue el de las dos manos sobre la nuestra en la persona de Raúl y ese gesto mucho significa en aras de olvidar controversias ya de antaño, cooperar juntos porque jamás se podrán acaparar la flor y el vino; estos son tiempos de comprometernos por el futuro.

Imposible que millones y millones de mujeres y hombres dignos, estén equivocados: si podemos alcanzar vivir garantizando los derechos a la alimentación, educación, trabajo, vivienda y el gobierno democrático, porque no hablamos ya de una quimera, sino de algo objetivo del devenir; no queda tiempo para conquistas, debemos despertar a la realidad de unidad que exige la humanidad.

Nelson Mandela acaba de corroborar con su mirada carismática, que como rayo de luz atraviesa las telarañas del futuro, resulta preciso ir a la mesa de conversaciones y extraer las ideas de caminos de amor; luchemos por ella, por él, por la sonrisa de cada niña o niño, esos que de verdad saben querer y dicen: “en mil lenguas cantaremos, que en paz queremos crecer”.

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Las insólitas mascotas de Caleb…

Las insólitas mascotas de Caleb…

Octavio Pérez Valladares.

Siguen existiendo diferencias entre el niño de la ciudad y el que reside en el campo; este último nace y se familiariza con el perro, las aves canoras y domésticas, sobre todo gallos y gallinas, así como el ganado menor y su majestad el caballo, este último para el desarrollo de duras faenas y medio de transporte.

¿Qué es lo máximo para uno y otro? El de la ciudad montar a caballo, dominar ese poderoso animal y para el que vive en nuestros campos la bicicleta, pedalear sobre ésta en el parque o escaparse por las calles, la mayoría de las veces sin el consentimiento de los padres.

Caleb, hijo menor de Katia y Guianco, tiene su hogar en el edificio 20-A, de la barriada de Pueblo Griffo, en Cienfuegos; siente como nadie el llamado de la naturaleza, quiso un gallito y su novia gallina, y ¡lo ha logrado! con la ayuda del abuelo Luis, quien al principio fue creando el hábito de las aves para bajar y luego subir hasta un quinto piso.

En la actualidad Caleb, muy temprano, alimenta sus mascotas que pone fuera del apartamento; ellas se encargan de ir bajando y en cada descanso dejar el quiquiriquí anunciando el amanecer, pues en la tarde por su propio instinto suben para recibir los mimos de nuestro niño y, por supuesto, la cena.

Luis Gómez CON REFLEXIONES...

Lázaro García dijo a nombre del poeta:

 

Soy Luis Gómez que nació

 hecho de palma y de monte

bajo el ala de un sinsonte

 que su trino me dejó.

 

Mi voz guajira besó

Cada piedra del camino

Y mi azaroso destino

Fue de cubana bandera

Para que nunca muriera

El sueño del campesino.

 

Una entrevista de Octavio Pérez Valladares

 “Siempre hay algo que uno no sabe en esta vida...”

 Tuvo que hacer trampas Luis Gómez para sobrevivir en tiempos difíciles:

 “No, no tuve que hacer trampas; lo que tuve que hacer fue mucho esfuerzo; estar preso, creo que estuve preso en todas las cárceles de Cuba, porque en aquel tiempo yo iba a cantar a un CAFÉ o un bar; entonces, aquello se llenaba de gente para oírme y la venta se suspendía. Al dueño lo que le interesaba era vender y llamaba al policía, que venía enseguida a requerirme y... ¿de qué iba a vivir yo?. Ahí no puedes cantar, me decía. Yo seguía y entonces se acercaba, me tiraba un palazo. En segundos ya estaba fajado con aquel policía. Después el juicio y creo que estuve en más de 40 juicios por desorden público.

¿Cómo quisiera Luis Gómez que fueran las cosas en lo material y espiritual, en la actualidad?

 “Quisiera que las cosas se desarrollen como ahora. Que todo el mundo trate de llevarse bien el uno con el otro y que no existan esas maldades que siempre veo por ahí, como es el caso de adueñarse de lo que no es suyo; no robar nada a nadie, ni en lo material o espiritual. Debía existir una gran familia, porque Cuba es una isla grande, tan bella, tan rica, que muy bien podemos vivir todos y en fraternidad, aceptando la disciplina social, las leyes como son, para de verdad vivir felices. Nadie tiene derecho a pisotear el derecho de los demás o las mismas leyes, y precisamente en un país que necesita y quiere desarrollarse.

Sobre su obra, qué libros tiene publicados Luis Gómez.

 “Tengo dos folletos en forma de libros, que más bien son plaquettes; yo quisiera tener un libro publicado de mis décimas, pero no es así. Los folletos se titulan RUMORES DE MI BATEY y ROMANCES DEL PALMAR.

En el terreno de la política, qué considera Luis sobre Fidel y la Revolución.

“Fidel está haciendo posible que Cuba avance, de una u otra forma, que este sea un país de paz, de libertad, en cuanto a males como el consumo de drogas, violaciones y otras cosas horribles que se ven por ahí. Se lucha porque progrese la agricultura como sostén de la industria; está en la dirección del Gobierno la atención general social, que es el bienestar que se quiere para todos. En todos estos sentidos lucha el Gobierno, aunque los resultados no sean los requeridos o los que se esperan. Nadie puede negar que sí se logran avances colosales, pues en el mundo de hoy no hay sociedad perfecta.

El proceso revolucionario lo hacen los hombres. ¿Qué crítica pudiera hacerle Luis Gómez a ese proceso revolucionario?

 “No entiendo por qué muchas personas, que reciben grandes beneficios, son los que menos agradecen y no ayudan a la Revolución ni con la guardia en el CDR.

“Si todos cumpliéramos con el rol que nos toca, por pequeño que fuera, ni esta situación de período especial fuera tan dura como es; la  mayoría de las veces nosotros mismos, los cubanos, ponemos las cosas más malas de lo que son.

¿Qué piensa Luis Gómez sobre la disyuntiva: ser o no ser, la vida o la muerte?

“La vida o la muerte son fenómenos inevitables. Entre la vida y la muerte, precisamente, es que tenemos este proceso de vida, que no es más que el tránsito de la existencia. De la muerte no se puede ni hablar, no sabemos la sensación que causa ni cómo nos quedamos inertes. No podemos responder a nadie, ya no podemos ver; no sabemos a dónde vamos y ni hemos sabido tampoco de dónde hemos venido. Creo que la vida y la muerte son dos misterios idénticos para el hombre.

¿Qué aconseja Luis Gómez a los jóvenes que comienzan a cultivar la música campesina?

“A los jóvenes que comienzan a cultivar la música campesina, les aconsejo que nunca vayan por las esquinas, para a espaldas de sus compañeros, hacer críticas destructivas, sino hacer la crítica constructiva de frente a frente para ayudar. Muchas veces debemos llamar a la persona a solas y decirle lo que pensamos, acerca de los errores que está cometiendo. Creo que el que empieza y se cree que sabe mucho ya está perdido de antemano, pues hay que saber escuchar a los demás, porque en ello está un gran regalo que nos hacen y que constituye la experiencia acumulada de otros. Si no aceptan el consejo que damos ya nuestra conciencia está limpia, porque hemos obrado de buena fe.

¿Cuál es la opinión de Luis Gómez acerca de la traición amorosa?

“Donde hay amor siempre hay traiciones. Yo traicioné mucho y me traicionaron a mí también, porque el amor es así, es algo muy deseado por todo el mundo y, figúrate, siempre habrá guerra. Donde hay amor media la guerra, la disputa.

La paz absoluta no forma parte del amor. Yo, por ejemplo, sentí mucho la pérdida de una muchacha a la cual quería mucho. Murió de repente. Se llamó Olguita; ella era de Cabaiguán. Por poco me mato por ella. Un día que conversaba a su lado, en su casa, en un cuarto, entró un hombre cuchillo en mano para matarme. Bueno, cuando pude coger la puerta de la calle me fui de allí, escapé. Yo no usaba ningún tipo de arma, no tenía con qué defenderme. El amor va de la mano con la tragedia. Fíjate que cuando hay grandes fiestas la desgracia de unos es alegría de otros. Hay uniones, pero divorcios, odios y puñaladas traperas. Cuando el amor encadena a uno es muy difícil zafarse.

Luis, ¿eres un poeta espontáneo?

“Sí, correcto, soy un poeta espontáneo. Tengo una forma de improvisar muy espontánea. El repentismo no lo tiene todo el mundo y, además, hay que trabajarlo, hay que asimilar mucho conocimiento; por lo menos, asimilar mucho e instantáneamente. ¿Cuántas cosas tiene uno que desarrollar en fracciones de segundos?

Existe algún ejercicio, disciplina para ello...

“El repentismo nace, pero hay que perfilarlo, necesario pulirlo como a una joya. Uno mismo tiene que hacerle taller. Para eso siempre tuve en mi casa al maestro: EL LIBRO. Me gustó leer porque cuando uno lee es como si conversara o hablara con los muertos. Si lees a Martí estás hablando con él; si se trata de Amado Nervo, estás recogiendo su tristeza, porque está ahí, la sientes. El repentismo es de muy buena utilidad para cualquier poeta. Recuerdo que en Victoria de Las Tunas, en un aniversario de El Cucalambé, yo asistí. Estábamos en el prodigioso escenario donde nació aquel grande de la poesía: EL CORNITO. Te subían a un escenario para dejarte una décima libre y por escrito el pie forzado, que te lo entregaban subiendo. Mira, si no llega a ser por el repentismo que dominaba, no hubiera ganado el premio. No sé si tú sabes que El Cucalambé desapareció, no lo encontraron nunca. Nada se supo sobre su muerte ni a dónde fue a parar su cuerpo, eso quedó en el misterio. Yo veo que EL CORNITO es un río o un arroyuelo. Sabía que allí iba con Rufina a pasear por las tardes, cuando caía el sol. Sabiendo esto por lo que había leído, expresé mi décima libre:

Cornito, cuento y canción

en amoroso derroche

permíteme que esta noche

te haga una interrogación.

 

Tú sabes de una ilusión

que en total yo no la sé,

tú, que lo viste de pie

en las tardes primorosas

tú que sabes tantas cosas

¿dónde está EL CUCALAMBÉ?

 

Bueno, el pie forzado era: LA FLOR BLANCA DE MARTÍ...

La “Niña de Guatemala”

se nos marchó de repente

la que en su pálida frente

llevaba por sombra un ala.

La muerte siniestra, mala

vino a empañar un rubí

y aunque muerta no la vi

en su lecho funeral

llevaba sobre el cristal

la flor blanca de Martí.

 

Un diez de octubre, aniversario de levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes en 1868, tú estabas en el teatro Tomás Terry, de Cienfuegos, y Humberto Miguel Fernández, el entonces primer secretario del Partido, te dijo: Luis , no piensas decirle algo en décima al grupo Ismaelillo...

Verdad, yo de inmediato, compuse lo siguiente:

Para cantarle a esta fecha

por noble, sincera y franca

me puse una rosa blanca

sobre mi mano derecha.

El pueblo que nos estrecha

se encuentra presente aquí

y en un abrazo mambí

le doy prestigio y renombre

a los que llevan el nombre

de un pedazo de Martí.

 Luis, debe ser muy agradable ser reconocido, famoso, querido...

“No creas mucho en eso, pues para mí ha sido una desgracia. He podido comprobar amargamente que todo lo que he podido desarrollar en este arte y servido a muchas personas, al final siempre me trajo la ingratitud.

Gracias a que hay también muchas personas que me aprecian, sigo muy reconfortado. En este tipo de rama del arte, casi el 90% de tus compañeros vienen a ti para hacerte críticas destructivas; existe mucha envidia. Le das un trabajo a otro poeta y a espaldas tuya quiere hacerlo trizas.

Luis, eso no debe sorprenderte. Ocurre en el periodismo y todas las carreras del arte. Hay que pensar que la última palabra la dice el pueblo...

 

“Sí, llevas razón. Por ello es que he soportado toda esa ingratitud. Sí, al final el juicio que vale es el de la población".

¿Qué otra anécdota recuerda Luis Gómez de su vida como repentista?

“Una vez se formó una delegación artística para recorrer las seis provincias del país y al frente iba el capitán del Ejército Rebelde Antonio Núñez Jiménez. Empezamos por Matanzas y de ahí fuimos para Oriente, y después, nos llegamos hasta Pinar del Río. En este último lugar yo era, precisamente, el último que saldría a escena. Aquí presentan al grupo CAMPESINO CIENFUEGOS y mis compañeros se turbaron, no sabían lo que iban a hacer y me echaron al podio, para que resolviera el problema. Entonces, el maestro de ceremonia, que hablaba muy rápido, dijo: PARA QUE USTEDES VEAN QUE FIDEL ESTÁ EN TODAS PARTES, PUES ESTÁ EN LOS BOHÍOS, LOS MONTES, VEGUERÍOS... y yo me quedo embelesado, pero digo retomando aquellas palabras:

Fidel está en los bohíos

en los cerros, en los montes

en los claros horizontes

y en la danza de los ríos.

En los tiernos vegueríos

en el lago claro y terso

en la enseñanza, en el verso

en las ceibas y recodos

en la conciencia de todos

los pueblos del Universo.

 

“Ahí las cámaras empezaron a recogerme y alguien que estaba cerca me dijo: ¡QUÉ BELLO ESO QUE HAS DICHO!!! Yo, sinceramente, no sabía ni lo que había dicho, pues aquello fue algo que vino, que brotó espontáneo.

Esto es algo divino, como una onda, una frecuencia, cierta comunicación, como si una estrella iluminara el entendimiento.

Luis, un admirador tuyo, Hermenegildo Núñez García: el “Poeta Rebelde”, recuerda esta anécdota:

“Me encontraba en la ciudad de Santa Clara, en 1960, y al oír unas guitarras y laúdes, por mi estirpe de guajiro, me acerqué y estaban cantando, entre otros, Pérez Triana, Rigoberto Artiles y Luis Gómez. Era la época aquella donde los poetas, como en reiteradas ocasiones dijo Luis, pasaban el sombrero para recoger algún dinero y el pueblo echaba lo que podía o quería.- En esos instantes Luis cantaba y a un veterano de la Guerra de Independencia, pero dicho veterano no le hacía caso; entonces, Luis se esmera, pone en función su gran genio y en décimas le dijo lo siguiente:

Quien no oye una poesía

hecha con tanta emoción

ése, en la Revolución

al plomo también le huía.

Usted, jamás pudo un día

tomar un rifle en la mano,

usted no fue veterano,

usted no empuñó el machete,

porque hay cinco, seis o siete

maneras de ser cubano.

“Continúa la fiesta, hay otro veterano que le echa un peso en el sombrero. Al ver ese gesto, Luis le dijo:

Ustedes ven la medalla

que está en su pecho brillando

¡Esa la gano peleando

en los campos de batalla!

El no se va de la raya

porque es un buen veterano

pero si un americano

quiere arrancarle el trofeo

se muere como Maceo

con el machete en la mano.

 

“Yo recuerdo también que en la ESBEC de Lagunillas, en una actividad festiva y cuando ya eran las once de la noche, dijo el anunciador:

_Ahora, con ustedes, el poeta Luis Gómez...

“Había muchachos allí, bailando y uno de ellos, en tono despectivo, dijo:

_¡Bah!, le ronca meterse ahora a este viejo...

“Y yo, que oí esta expresión, improvisé lo siguiente:

 

¡Viejo yo!, viejo es el Morro;

viejo, el Castillo de Jagua,

viejo, es el río de Sagua

y no hay quien le aguante el chorro.

Viejo, el pueblo de El Cotorro,

y vieja la madrugada;

si un viejo no vale nada

yo quisiera ser un viejo

y no tener el complejo

de esta juventud cansada.

 Viviste el momento de conocer la infausta noticia de que sería eliminado el camino de hierro de Cumanayagua. Muchos no estuvimos de acuerdo y hasta yo escribí, en calidad de corresponsal de mi localidad, un comentario crítico sobre el tema. Para ti no pasó inadvertido este suceso y dejaste una décima.

“Sí, efectivamente, la recuerdo. A mi manera hice la siguiente reflexión”:

Ya le arrancaron la vía

a nuestro pueblo adorado

que era el transporte atrasado

que en otro tiempo tenía.

 

Sufre la melancolía

que muchos ojos no ven

y mi pueblo en su vaivén

que tanto quiero y admiro

en el puente de El Guajiro

estaba esperando el tren.

 

Luis Gómez ha tenido sueños...

 

“Los he tenido y te lo diré en rima:

 

Soñé que era millonario

y que habitaba un palacio

adornado de topacio

con todo lo necesario.

Que era un hombre extraordinario,

digno y de suave ademán

y que con inmenso afán

las muchachas me veían

y enamoradas decían:

adiós, Luis Gómez, sultán.

---

 

Cuatro mil caballerías

de tierra ellas eran poquitas

sin contar otras finquitas

que eran propiedades mías.

 

Y que yo todos los días

utilizaba un distinto traje,

que me rendían homenaje

que todo era con exceso

y que en un avión expreso

andaba de viaje en viaje.

---

 

En mi dulce sueño vi

la boda con Magdalena

que estaba hermosa, serena,

bellísima, unida a mí.

Y un anillo le di

de amoroso compromiso,

un cura resumen hizo

y ella cubierta de tul

llegó a mi palacio azul

que era todo un paraíso.

---

Desperté y el paraíso

se fue desapareciendo

porque ella estaba durmiendo

en un polvoriento piso

que por desgracia ni liso

porque ya me dolía un hueso,

 

 

 

Ni tul, ni traje, ni peso

todo eso fue fantasía,

la tierra sí la tenía

de collar en el pescuezo.

Uno puede percatarse al momento de que tiene ya una obra en sus manos...

“Uno compone, se escucha a sí mismo y en los minutos que siguen, ya se da cuenta que hay una obra grande, que trascenderá. Sí puedo asegurar que antes, o en el momento, ello resulta imposible. Así le ocurre al jugador de pelota, que va con la intención del jonrón, pero no puede asegurar que lo dará. Por lo dicho, en el caso de la poesía, se requiere realizarla con rapidez y también al unísono encerrarla en letras de molde, porque de lo contrario se la lleva el viento”.

Cuando tiene lugar la muerte de Luis Martínez Gómez el también poeta repentista Jorge Sosa Bermúdez le dedica la siguiente décima:

 

Vi la muerte tras tu huella

Muchas veces fracasar

Porque te venía a buscar

Y tú no te ibas con ella.

 

La cegabas con tu estrella

Siempre que a tu encuentro vino,

La echabas de tu camino

Pero esta vez te engañó

Porque se te apareció

Vestida de gallo fino.

ÚLTIMO NÚMERO... ¡PICAR EL MELÓN!

Cuando pienso en lo que voy a contarles puedo afirmar que en mi pueblo, olvidado y sin esperanzas antes del ’59, muchos crímenes quedaban impunes para siempre. No practicaban el análisis forense a quien fallecía por una u otra causa; y muy pocas veces el médico de la vecindad examinaba a fondo un cadáver o ejecutaba la autopsia. Para el que moría la única prueba era el oído atento del familiar allegado, que intentaba escuchar algún latido del corazón en medio del pecho. Hasta se dice que a dos personas por equivocación las enterraron vivas. Tan imprecisa como ésta circula aún la aseveración de lo acaecido en la función de un circo sin nombre que trajo a Cumanayagua cuatro mujeres famélicas, malabaristas y payasos, entre los cuales sobresalía un mago.

El precio para presenciar el espectáculo: a peseta los palcos y a medio las gradas. Solo hubo tres funciones y, como dice el proverbio, a la tercera fue la vencida. El malabarista ofreció la primera vez números con el clásico trío de pelotas, pero el mago robaba toda la atención. Sacaba palomas del bombín, anudaba pañuelos que se soltaban solos y comía candela. Fue aplaudido, pero no sucedió igual en la segunda y tercera noches.

Una viejecilla, jorobada, entre los palcos próximos a la pequeña pista circense, importunaba al ilusionista revelando sus mañas. Gritaba sin el menor recato: _¡Ahí...ahí!, detrás de la caja escondió la pelota. El hombre luchaba por reponerse y continuaba ella con su burla, el público descubría el truco y la emprendía con tremenda rechifla. Ejecutaba otro número y fracasaba. Aquella maldita vieja descubría cómo hábilmente retiraba los objetos fuera de la vista del auditorio. Intentó realizar la demostración de la botella sostenida en la punta de una cuerda fina y la obstinada mujer lo embromaba. _¡Tiene una bolita dentro... tiene una bolita dentro...!

La segunda función fue una tragedia para el mago e increíble decepción. Tuvo que recoger su “bolsa de Satanás” y el atril con la varita mágica; desaparecer detrás de las lonas, mientras el público implacable lo abucheaba. Eufórica, desde la soledad de su palco, la fatídica anciana, observaba a los asistentes con cierto destello morboso en la mirada. Al día siguiente por la noche, parecía que otra vez volvería a repetirse la angustia del artista. Ella, impávida, esperaba el desfile de actuaciones secundarias, hasta que el anunciador ofrecía unas disculpas: _Estimado público, rogamos nos dispensen, pues será imposible la presentación del gran mago Farfarel. Los asistentes enfurecieron y el jefe de puesto de la Rural amenazó con llevarse preso al dueño del circo.

La impertinente abuela se unió al reclamo y tras corta espera apareció el mago, intentando esbozar la sonrisa que no compaginaba con el semblante pálido, desencajado. Él alcanzó una pelota de siete colores y la mostró. Luego el recipiente de forma cilíndrica donde la dejó caer dentro. Tomó una caja de madera y cristal, con el fondo negro en uno de sus extremos y precisamente aquí hizo su aparición la esférica multicolor. El público había quedado impresionado, pero ella se incorporó del asiento. _Eso es mentira, dentro del cilindro está la primera pelota detrás del doble fondo y en la caja de cristal la otra, que es de tela con un muelle...

Comenzaron las risas y al instante la rechifla. La ilusión del número estaba rota, hecha añicos. Esta circunstancia el mago la aprovechó para llevar a cabo su último y más extraordinario número. Dijo así: _Señoras y señores, alguien ha influido sobre mi conciencia. Aquí hubo silencio y seguidamente la risita maliciosa en boca de la retadora. _Para dejarles un recuerdo que no olviden nunca -agregó el mago- haré mi última demostración.

Apareció en la pista el ayudante. Colocó sobre la mesita del prestidigitador un melón y cuchillo bien afilado. El mago asió fuerte, lo más que pudo el pérforo cortante. Por primera vez enfrentó la mirada de la jorobada. Luego desvió la mirada hacia los palcos y gradas sumidas en la expectación y expresó entonces mirando a los ojos de la imprudente: _Concéntrense todos conmigo, voy a picar el melón, para que un alma perversa abandone su cuerpo material.

Entre la tenue neblina de los cigarros flotaba el presagio. Completó los movimientos hacia arriba y hacia abajo; como un rayo la hoja filosa atravesó de parte a parte el fruto. La vieja, en su asiento, sufrió sacudida violenta en estas fracciones de segundos, como si hubiera sido tocada por la luz del trueno y cayó entre las sillas estrepitosamente. El mago movía el cuchillo y el cuerpo de ella debatiéndose, pues parecía que el acero invisible le estuviera hurgando las entrañas. Esa agonía duró poco, hasta que él retiró su mano de la empuñadura del arma blanca. Quedó tendida con una expresión de sorpresa infinita. Varias mujeres gritaron pidiendo auxilio, pero nadie atinaba a moverse, clavados en sus asientos.

El artista inclinóse en señal de saludo, sin importarle el pánico in crescendo. Sólo cuando desapareció detrás del telón, el jefe de puesto de la Rural, ordenó: _¡Cójanlo, coño! Los guardias no dieron con él. Interrogaron al circo de mala muerte y éste informó que lo había contratado, pero que nada sabía sobre su verdadera identidad. El médico del pueblo, por curiosidad científica, realizó la autopsia. El corazón aparecía estremecido por fuerte colapso. La intrusa bien muerta y contrariamente a cualquier otro caso, todos preferían no contar lo sucedido. Yo, sin embargo, estoy seguro que ese enigma del pasado hoy día hubiera tenido explicación...

INOCENTE IZNAGA SIEMPRE LE DIJO A LA VIDA JA, JA, JÁ…

Cuando en su pecho se detuvo el reloj de la vida, los habitantes de la floresta hicieron silencio y hasta quien se servía del camino, supo que ese era un presagio: alguien muy querido saltaba a la inmortalidad.

El humilde asentamiento del hoy Consejo Popular Arimao, los pobladores de la provincia de Cienfuegos, Cuba y el mundo, han perdido a Inocente Iznaga González, el que nos contagiaba con su risa desbordante unida a la rima.

Se ganó muy bien el epíteto de Jilguero de Cienfuegos y a mucha honra para los sureños, porque nacido el 28 de diciembre de 1930, Día de los Santos Inocentes, supo enfrentar la cotidianidad y los momentos difíciles.

Los grandes hombres dejan inmensa huella en su trayecto de nacer, crecer y amar; y los estudios de la radio lo conocieron más que nadie, porque allí brotó el manantial de su voz, como lo hace el jilguero dando en cada sol le ofrece la bienvenida a la campiña cubana.

Cumanayagua atesora la anécdota que pocos recuerdan: improvisaba en el hotel Pasaje sobre el pan y la carne, al tiempo que el cantinero al final le daba, el estribillo que lo inmortalizó: Jaaaa, jaaaa, já…

En su honor y recuerdo Arimao derrama la misma lágrima de todos y son innumerables los que sentimos la apretazón, aunque de antemano sabemos: no es verdad la muerte cuando se cumple bien la obra de la vida.-

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EL CUMANAYAGÜENSE QUE MÁS PELÍCULAS VIO...

Escapó con el tiempo la primera vez -con fecha y día-, que se proyectó una película en Cumanayagua y también: quién y con qué interés lo hizo, es decir, de qué manera llegaron los aires del “séptimo arte” al olvidado pueblito al pie de la cordillera escambraica.

Una vez, en la Habana, en el cine Acapulco, año 1969, el autor de la entrevista que da lugar al presente testimonio sobre historia local, estaba viendo una película y parece que había una rotura. Alguien gritó: “¡Olegario, los ventiladores!.. No pude encontrar al que lo dijo, porque lo busqué, pero estoy seguro que ése era de Cumanayagua, porque así se referían a nuestro proyeccionista, el cumanayagüense que más películas vio y, también, al que más le han gritado y chiflado en toda la historia de este municipio.

Digo nuestro, pues estar toda la vida dedicado a un oficio, eso merece mención especial y hasta la imposición de una medalla. Para que no pasara inadvertido un hecho de éstos, creo que he rescatado para la memoria algo que estaba por perderse.

La generación de cumanayagüenses a la que pertenezco, la de los años 60, tuvo también como “especialista” del único cine del pueblo, a un hombre jovial. Por esa razón y otras me respondió algunas preguntas, cuando hace ya algún tiempo que disfruta de la merecida jubilación.

Les presento a Olegario Díaz Valladares, hijo de Tomás Díaz y Amparo Valladares, nacido en la calle Paraíso, Cumanayagua, el 6 de marzo de 1932, donde ha residido siempre, aunque haya permutado no hace tanto para una cuadra más allá de donde vio la luz. Dejemos ahora, que Olegario nos hable en primera persona:

“Empecé en el cine como aprendiz de proyeccionista, el 6 de junio de  1946.  Hice mucha amistad con la señora de José Sanson Varela, dueño del cine, y un día ella me preguntó que si quería aprender. Yo le dije: está bien y contestó: tú lo que tienes que hacer es ir por las noches y te vas fijando allí, más o menos, cómo se trabaja y así vas aprendiendo.

“Cuando aquello el cine del pueblo se llamaba Prado. Tuvo muchos nombres, incluso cuando lo desbarataron había un letrerito que decía Edén. Este estuvo en el mismo lugar donde ahora el cine Arimao, en ese mismo sitio. Se llamó también Colón. Hubo un polaco, José Sloda, que se hizo socio con Sanson. Entonces le pusieron El Moderno.

“Hubo otro socio, Martín Aguada, pero ese duró poco. Ellos tenían un circuito que comprendía Palmira, Abréus, Lajas y San Fernando de Camarones. Cuando yo era niño me dijeron que existió un cine frente al hotel Pasaje, al lado de la Casa Abraham, que el dueño era un manco, el padre de Castellón, pero yo nunca fui  allí, eso lo oí decir.

“El público pagaba por entrar al cine y se decían muchas malas palabras. Hacíamos doble cartel con una película de vaqueros y otra mejicana. Cuando había películas buenas, de acción,  que le faltaban partes, tiraban huevos y piedras a los carteles y  de verdad que aquello era tremendo. Tenían que venir los guardias de la Rural.

“Entonces el dueño del cine no permitía que le dieran planazos a nadie, porque si no, la Rural arreglaba aquello y pronto. El que hacía eso se escondía y el que no hacía nada, por quedarse mirando, venían los amarillos y le daban los golpes. Me preguntaban: ¿por qué ustedes le quitan las mejores partes a las películas? y yo les decía: ese es un problema que ni yo puedo explicar, las películas se rompen siempre por la mejor parte.

“Aun siendo proyeccionista yo disfruté mucho la estadounidense titulada Horizontes de Sangre y una de vaqueros La Flecha Rota; y también recuerdo Los tres lanceros de Bengala o las primeras que se hicieron sobre la vida de Tarzán.

“Caminaban mucho las películas del Oeste y las de Tarzán. Las mejicanas también, estas últimas por los gallos, la bebida, las mujeres, el juego y las canciones que pegaban muy bien. Libertad La Marque le gustaba mucho al público, porque los cantantes a veces se hacían más famosos o famosas a través del cine. Hubo películas bonitas y, más todavía, cuando entró el cinemascope, a pantalla completa, aquello fue un acontecimiento.

“Eran tantas las películas que vi; ahora se me hace un embrollo poder acordarme de una. Aquellos filmes sobre la ciudad de Acapulco en México, eso era muy bello, estar allí sin haber ido. Las españolas también y recuerdo a Las Leandras; esas películas son inmortales.

“Todos recuerdan las primeras películas de Sarita Montiel, como por ejemplo La Violetera. Hoy esta es una película vieja y todavía la gente va a verla. Yo soy el cumanayagüense, en toda la historia, que más películas ha visto, porque mi trabajo era ese, proyectar y ver las películas, y tantas veces, que me las aprendía de memoria.

“Hubo pornografía en las proyecciones de películas, pero muy poco diría yo, eso después de las doce de la noche y para muy mayores; si cogían a uno con un menor dentro de la sala eso le acarreaba tremendo problema al dueño o quien lo permitiera. Había una tanda especial a partir de las once de la noche.

“En realidad eran películas eróticas, porno de verdad, muy pocas. Eso era perseguido como la droga, no se había impuesto como hoy, que hasta en Internet hay pornografía.

“Había gente que no podía entrar que se colaba por detrás del cine, pues era lo prohibido, lo oculto, y todo ser humano siempre quiere saber. Se cobraban 50 centavos por persona en aquella época, que era dinero, con eso se hacía la comida para una familia de cuatro personas. El “gallinero” o “tertulia” en las décadas de los años 40 y 50 era un medio; cinco centavos la entrada por persona y abajo, en los mejores asientos, quince centavos, ¡eso era dinero!.

“Un hombre trabajando en el campo ganaba 20 centavos en el día; el dinero valía demasiado y del carajo poder ganárselo uno decentemente. El cine era un espectáculo caro y la gente buscaba el medio o los quince centavos, los guapeaba. Bueno, los sábados y domingos eran las matinee y se cobraba a veinte centavos por persona. Por esto último la gente protestó, pero todo se quedó así.

“Lo que venía a este municipio eran películas viejas, pero la gente las aceptaba por ignorancia y porque no había otra diversión, otra cosa que ver. Me acuerdo del español llamado Franco, el que trabajaba en la fuente de soda, que vendía refrescos y agua efervescente, el que daba aquel llamado “corrido”, que consistía en el agua mineral de globitos bien fría con todos los colorantes de refrescos que tenía.

“También recuerdo a María Eugenia Antuña, “Luzo”, que durante muchos años fue portera del cine. Ella a veces se quedaba dormida y los muchachos aprovechaban para colarse y ver gratis una parte de la película. También fue famosa Eva, la taquillera, que no era muy conocida porque siempre estaba metida allá atrás y cobraba por aquella ventanilla pequeña.

“Trabajó aquí muchos años y es que un trabajo fijo aquí, en este pueblo, uno no podía perderlo o cambiar para otro, había muy pocas fuentes de empleo. Bueno, Eva, por problemas de amores, se prendió fuego y murió al instante.

“Yo fui el proyeccionista que más tiempo estuvo con los dueños o administradores, y creo que se deba a que me dedicaba por entero al trabajo y no daba ni quitaba color, no ofrecía opiniones, sólo mi trabajo y se acabó. Nunca tuve una llegada tarde, nada, yo era el obrero ideal. Me casé y tuve una sola hija, la cual quiero mucho. Tengo ahora un nieto de 16 años.

“A mí siempre me gustó el cine, chico, y fui rotulista, hice bastante propaganda. Con el polaco iba a San Fernando y allí pintaba los carteles. Y la misma operación la hacía en Palmira. Así anunciábamos las películas. Tenía el polaco un Mercedes Benz, buen carro. La misma película que daban aquí salía para Palmira a las nueve y allí daban segunda tanda. Era este un negocio redondo. Una película buena la daban dos veces y en pueblos diferentes.

“En el cine Arimao que se construyó con la Revolución en el poder, año l963, la primera película que se proyectó en forma de prueba fue El capitán Fracasse, por Jean Marais.

“Debo reconocer que Cumanayagua siempre me gustó y yo no quería irme ni de la calle Paraíso donde nací, porque la quería y la quiero mucho, y lo que he hecho es trasladarme a la otra cuadra, la calle Lombart. Hice una permuta y ya la casa es grandísima.

“Si volviera a recorrer el mismo camino, con verdadera conciencia de lo que iría a pasar, disfrutaría de nuevo las tandas aquellas de películas de acción, porque eso fue lo más grande que pudo pasarme en la vida, no me arrepiento de la oportunidad que tuve con este modesto oficio y mucho menos de que esto haya ocurrido en este bello rincón que es Cumanayagua.

(2do. domingo de mayo del 2001)

 

 

 

 

 

 

Mi papalote blanco...

 

A Mario Carballosa Herrera: Macuco, lo considero hombre modesto, entre los cientos de miles que conforman los barrios, aunque nadie pueda negar que como padre y abuelo posea una historia particular y al frente de la familia, la palabra suya no tenga discusión.

La pobreza, que no es una deshonra, pero sí una desgracia, quizás impulsó a este cumanayagüense de toda la vida, para que cometiera y aún cometa alguna que otra artimaña de menor cuantía, de lo cual debiera arrepentirse.

La anécdota que voy a sacar del recuerdo, para mí nada agradable, se desarrolla en el primer lustro de los años 1960, cuando la calle Potrerillo, en su curva, después del parque recién construido por la Revolución, tenía como parabán para  los transeúntes una cerca de “Piña de ratón”. De ahí en lo adelante se extendía el potrero de alguien y, por lo alejado, el entonces futuro barrio de El Cotorro.

Existía más hacia el norte una breve colina con un prado natural muy verde, de “Pasto mejicano”, donde la chiquillería corría descalza. Yo, por aquí, con mis once eneros pasaba camino del río casi todos los días del año, para bañarme en el charco que habíamos bautizado como “El brinco de la chiva”.

Esta misma colina, donde el aire del norte en el mes de enero bate con fuerza, me pareció en cierta ocasión el sitio ideal para empinar mi papalote y en la tarde que no he logrado olvidar, aunque la haya perdido en el almanaque, fui hasta allí con esa intención.

Mi *cometa blanca, confeccionada por mis manos, era cuadrada, de poca maniobrabilidad, pero excelente voladora. A poco de dejarla a merced del ente invisible, ella se elevó con resolución hasta desafiar el cenit.

Estoy seguro que mucha gente, desde buena parte del pueblo, podía apreciar -muy airoso- a mi papalote blanco, como el ala de ¡sabe Dios qué ave!, mantenerse en lo alto del cielo azul de Cumanayagua. Allí estaban sujetos mis sueños infantiles.

Apoyé el cuerpo sobre el fresco césped y sentía en el hilo la fuerza de Eolo: el viento, que pugnaba por arrebatarme mi catana; pero no había por qué temer, el sostén era de pitilla y los güines de Castilla, escogidos por mí, además de vestidos con papel crepé comprado en la quincalla de Emilio Arocha.

Estaba absorto, orgulloso de este aparato volador que ya 60 años Antes de Nuestra Era había diseñado y volado el filósofo griego Arquitas, muy probable con la intención de crear un “sofisticado” medio de guerra.

El alboroto de varios muchachos como yo, a cierta distancia, me hizo salir muy rápido de mis pensamientos de placer. La risa de todos y el brillo desacostumbrado de sus ojos, eran el presagio de algo que ya debía sucederme, y yo aún no comprendía.

Pasaron algunos minutos y para mi viva impresión, como si emergiera desde la propia loma, ascendía al cielo con rapidez otra cometa picúa, de color negro, con el rabo de cintas usadas de máquina de escribir, muy largo, y donde fácilmente estaban visibles tres crucetas confeccionadas con cuchillas de afeitar Guillette.

Semejaba el “dragón alado”, que ya había visto en películas y representado por el Guiñol de Cienfuegos. El corazón casi se me sale por la boca, pues le había dado mucho hilo a mi papalote y no podía correr a ninguna parte, pues el paso abrupto de un arroyo y dos árboles cercanos lo impedían.

Opté por salvar todo el cordel que pudiera. Halaba con desespero de la catana y creo que hasta ella había cobrado vida, y me instaba a que la recogiera y no la dejara a merced de la pirata voladora, que aproximábase con fría exactitud.

Por mucho que moví las manos no logré evitar el momento álgido. La picúa negra dejó descansar su rabo letal sobre el hilo y fue cobrada por Macuco. En segundos las cuchillas y sus malévolos destellos cortaron la pita y mi papalote blanco no hizo más resistencia al aire, se desnucó y dejó llevar por el viento con la cabeza gacha; se iba a bolina.

El tropel de muchachos, grandes y chicos, todos con los pies desnudos para ahorrar zapatos, corrió para obtenerlo como trofeo, pero cayó tan lejos, al otro lado del río, más allá del puente de Breñas, que nadie alcanzó a poseerlo otra vez como yo, en calidad de dueño.

Mario me dedicó, desde el punto más alto de la colina, una mirada de triunfo. Disfrutaba mi desgracia y yo, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, acabé de recoger el hilo que había salvado y me fui en silencio.

Él había roto lo que no debía romperse; se había quebrantado la esperanza. No sabía yo entonces que muchas veces en mi vida me iban a cortar ese hilo imperceptible de las ilusiones; que una y otra vez vagaría en caída hacia la nada para, nuevamente, volver a levantarme y volar junto a la esperanza, en cada ocasión con mayor ímpetu y experiencia.

Hoy, allí pervive la breve colina donde empiné y perdí para siempre mi papalote blanco del primer lustro de 1960, y está por terminar su curso la calle “A”, entre la 13 y Río.

 

*La invención de la cometa, papalote o catana, se atribuye al filósofo griego Arquitas, quien vivió en Tarento entre los años 300 y 400 Antes de Nuestra Era. Es en el Oriente -y de manera especial China, Japón e Indonesia- donde constituyó pasatiempo antiguo y popular.

La cometa toma formas diversas: dragones, peces, pájaros, lámparas y mariposas. Precisamente, el vocablo papalote pertenece a la antigua lengua azteca y significa “mariposa”.

Las catanas que hoy empinan nuestros hijos y nietos, tuvieron un destacado papel en la Historia: Benjamín Franklin construyó una en 1752 y la hizo volar dentro de una tormenta. La electricidad que se trasmitió a tierra por medio del hilo de seda que la sostenía, demostró de manera inequívoca la naturaleza eléctrica del relámpago.

En el siglo XIX fue común el uso de la cometa con fines meteorológicos. Además, en 1894, Marconi, Guglielmo o Guillermo Marconi (1874-1937), ingeniero electrotécnico italiano, premiado con el Nobel y conocido como el inventor del primer sistema práctico de señales de radio, lanzó su primera señal a través del océano Atlántico y nada menos que se valió de una cometa, para elevar la antena de la estación receptora.

Por lo expresado, si ves un papalote volando, míralo con mucho cariño, porque ése es de un niño...

 

EL HOMBRE Y EL PÁJARO MARAVILLOSO

Antes se contaban más relatos fantásticos que ahora, cuando la ciencia se abre paso definitivamente y no hay cabida en la imaginación para luces misteriosas o aparecidos. No quiere decir esto que la fantasía haya muerto, sólo se ha despojado del misticismo y juega su verdadero papel recreando la realidad que vivimos, haciendo más linda la vida.

Lo que me dispongo a contar es una historia adormecida por el tiempo, patrimonio de la imaginación de los hombres más viejos de la cordillera. En raras ocasiones se cuenta en círculos muy reducidos, porque enmudecieron para siempre los espíritus del monte y no se los oye venir de boca en boca.

Emeterio no fue un guajiro como todos. Haciendo economías y trabajando fuerte la tierra se convirtió en la excepción del colono. La esposa luchó a su lado, le dio muchos hijos y llegó a poseer el dinero suficiente para comprar aquí y allá pedazos del Escambray.

Quizás esta circunstancia envaneció su personalidad y admiraba como nadie lo propio. Cada vez que el trabajo lo permitía realizaba grandes recorridos, comprobando cada conocimiento sacado de los libros de zoología. Sabía sobre animales y plantas, y se regodeaba satisfecho por ser el dueño.

El sentido de propiedad sobre aquello que le rodeaba constituía la máxima realización, cuando aconteció un suceso concluyente sin explicación lógica que lo marcó para toda la vida. A nadie como a él le agradaba la caza del venado.

Un día del que no se recuerda fecha exacta, partió del hogar espacioso y cómodo, con la seguridad de que traería una buena pieza. Llevaba excelentes perros venaderos que, a poco de partir, encontraron un rastro y se perdieron en la bejuquera como alma que lleva el Diablo.

Continuó el paso firme con la vieja escopeta al hombro y preparados los cartuchos de un solo balín. Caminó y caminó, y por esta vez presintió que los perros jamás volverían a la casa, por haberse obstinado tanto en la persecución. Los ladridos escuchábanse lejos, apagados, debajo de la inmensa madeja vegetal. Llegó el momento de reponer fuerzas perdidas en la marcha forzada y escogió un viejo tronco para sentarse. Estuvo quieto, inmerso en la elaboración de un “soruyo”. En este silencio olvidó los ladridos quejosos de los canes y empezó a advertir el entorno. Un carpinterito, como acróbata, de rama en rama picoteaba entre la corteza del ateje, ajeno a la presencia del hombre en el corazón del bosque. Emeterio cruzó la mirada con la del lagarto que le mostraba su pañuelo encendido en señal de advertencia. Una mariposa camuflajeada de amarillo y negro lo distrajo en singular vuelo, dando saltos sin ruido y de flor en flor.

Muy próximo, a menos de dos metros, presenció el drama del mosquito atrapado en las redes de una araña. Esta lo envolvía cuidadosamente, sin importarle los movimientos desesperados de la pequeña víctima. Hasta un majá de Santa María reparó en el dueño de aquellas tierras. El reptil, maléficamente y a intervalos, enseñaba su lengua bífida; parecía que más bien quería decirle: “no te engullo porque eres demasiado grande para mí...”

El guajiro rico estaba absorto cuando apreció algo nunca visto. En la rama más baja del ateje se había posado un enorme pájaro que, por el tamaño, podía compararse con el pavo real. El ave desconocida no lo perdía de vista y el hombre se incorporó para apreciar mejor aquellas plumas y todos los colores conocidos. Imaginó que se trataría de un gigantesco guacamayo, considerado extinguido o el antepasado lejano de las cotorras actuales. No salía del asombro cuando la prodigiosa ave empezó a cantar con trinos melodiosos. Admiró que pudiera reunir cualidades tan opuestas: canto refinado y belleza del plumaje.

Caminó varios pasos hacia el pájaro maravilloso y lo contempló más de cerca. Quizás aquí cobró fuerza en su mente la idea de poseerlo para mostrarlo a los demás, porque nadie le iba a creer aquella historia. Con ese plan dio otros pasos y el ave suspendió su canto, voló suavemente hasta la rama cercana. La siguió casi a punto de llorar como un niño y se detuvo para que no escapara, justo con el límite que había franqueado anteriormente.

Apacible y bondadosamente el pájaro no perdía uno solo de sus movimientos. El hombre, con su mirada, le suplicaba que era preciso tenerlo, que fuera sólo suyo. La extraordinaria criatura del aire no se movía del lugar, a pesar de que ya no cantaba.

Fue entonces que quiso poseerla a toda costa y cambió uno de los cartuchos por otro. Esa operación la ejecutó automáticamente y con rapidez, para desfachatadamente, apuntar al pecho del hermoso ejemplar. Logró serenarse, tomar el tiempo requerido para no fallar, contuvo la respiración y apretó el gatillo.

La explosión a través del cañón de la escopeta desató un griterío ensordecedor entre los habitantes de la espesura y justo donde antes estaba el pájaro el violento impacto de las municiones formó en el espacio un esqueleto humano, visible ante el cazador por varios segundos.

El miedo, en todas sus facetas, como no lo había conocido, se apoderó del guajiro. Tiró la escopeta y luego de ver que ya el pájaro no existía, emprendió una carrera desenfrenada en busca de la protección de su casa. La imaginación le hacía sentir que algo volaba detrás de él, muy cerca, casi tocándole la espalda. Mientras más corría más quería correr y así, por fin llegó al hogar seguro, donde salieron a recibirlo tres de sus hijos.

No podía pronunciar palabra y después de tomar una taza de café fuerte, refirió este relato, escuchado atentamente sin interrumpirlo. Al final el hijo mayor habló:

_Viejo, dígame dónde fue que encontró ese pájaro...

_En la mata de ateje, ahí, casi en el tope de la loma.

No esperó más el muchacho. Nunca creyó en nada sobrenatural y buscó el ateje. Vio el tronco donde antes se había sentado su padre y guió varios de sus pasos por la descripción anterior. Delante, allí, la vieja escopeta. Fue a recogerla y a pocos centímetros encontró una pluma enorme, con todos los colores del arco iris...

 

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