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EL CUMANAYAGÜENSE QUE MÁS PELÍCULAS VIO...

Escapó con el tiempo la primera vez -con fecha y día-, que se proyectó una película en Cumanayagua y también: quién y con qué interés lo hizo, es decir, de qué manera llegaron los aires del “séptimo arte” al olvidado pueblito al pie de la cordillera escambraica.

Una vez, en la Habana, en el cine Acapulco, año 1969, el autor de la entrevista que da lugar al presente testimonio sobre historia local, estaba viendo una película y parece que había una rotura. Alguien gritó: “¡Olegario, los ventiladores!.. No pude encontrar al que lo dijo, porque lo busqué, pero estoy seguro que ése era de Cumanayagua, porque así se referían a nuestro proyeccionista, el cumanayagüense que más películas vio y, también, al que más le han gritado y chiflado en toda la historia de este municipio.

Digo nuestro, pues estar toda la vida dedicado a un oficio, eso merece mención especial y hasta la imposición de una medalla. Para que no pasara inadvertido un hecho de éstos, creo que he rescatado para la memoria algo que estaba por perderse.

La generación de cumanayagüenses a la que pertenezco, la de los años 60, tuvo también como “especialista” del único cine del pueblo, a un hombre jovial. Por esa razón y otras me respondió algunas preguntas, cuando hace ya algún tiempo que disfruta de la merecida jubilación.

Les presento a Olegario Díaz Valladares, hijo de Tomás Díaz y Amparo Valladares, nacido en la calle Paraíso, Cumanayagua, el 6 de marzo de 1932, donde ha residido siempre, aunque haya permutado no hace tanto para una cuadra más allá de donde vio la luz. Dejemos ahora, que Olegario nos hable en primera persona:

“Empecé en el cine como aprendiz de proyeccionista, el 6 de junio de  1946.  Hice mucha amistad con la señora de José Sanson Varela, dueño del cine, y un día ella me preguntó que si quería aprender. Yo le dije: está bien y contestó: tú lo que tienes que hacer es ir por las noches y te vas fijando allí, más o menos, cómo se trabaja y así vas aprendiendo.

“Cuando aquello el cine del pueblo se llamaba Prado. Tuvo muchos nombres, incluso cuando lo desbarataron había un letrerito que decía Edén. Este estuvo en el mismo lugar donde ahora el cine Arimao, en ese mismo sitio. Se llamó también Colón. Hubo un polaco, José Sloda, que se hizo socio con Sanson. Entonces le pusieron El Moderno.

“Hubo otro socio, Martín Aguada, pero ese duró poco. Ellos tenían un circuito que comprendía Palmira, Abréus, Lajas y San Fernando de Camarones. Cuando yo era niño me dijeron que existió un cine frente al hotel Pasaje, al lado de la Casa Abraham, que el dueño era un manco, el padre de Castellón, pero yo nunca fui  allí, eso lo oí decir.

“El público pagaba por entrar al cine y se decían muchas malas palabras. Hacíamos doble cartel con una película de vaqueros y otra mejicana. Cuando había películas buenas, de acción,  que le faltaban partes, tiraban huevos y piedras a los carteles y  de verdad que aquello era tremendo. Tenían que venir los guardias de la Rural.

“Entonces el dueño del cine no permitía que le dieran planazos a nadie, porque si no, la Rural arreglaba aquello y pronto. El que hacía eso se escondía y el que no hacía nada, por quedarse mirando, venían los amarillos y le daban los golpes. Me preguntaban: ¿por qué ustedes le quitan las mejores partes a las películas? y yo les decía: ese es un problema que ni yo puedo explicar, las películas se rompen siempre por la mejor parte.

“Aun siendo proyeccionista yo disfruté mucho la estadounidense titulada Horizontes de Sangre y una de vaqueros La Flecha Rota; y también recuerdo Los tres lanceros de Bengala o las primeras que se hicieron sobre la vida de Tarzán.

“Caminaban mucho las películas del Oeste y las de Tarzán. Las mejicanas también, estas últimas por los gallos, la bebida, las mujeres, el juego y las canciones que pegaban muy bien. Libertad La Marque le gustaba mucho al público, porque los cantantes a veces se hacían más famosos o famosas a través del cine. Hubo películas bonitas y, más todavía, cuando entró el cinemascope, a pantalla completa, aquello fue un acontecimiento.

“Eran tantas las películas que vi; ahora se me hace un embrollo poder acordarme de una. Aquellos filmes sobre la ciudad de Acapulco en México, eso era muy bello, estar allí sin haber ido. Las españolas también y recuerdo a Las Leandras; esas películas son inmortales.

“Todos recuerdan las primeras películas de Sarita Montiel, como por ejemplo La Violetera. Hoy esta es una película vieja y todavía la gente va a verla. Yo soy el cumanayagüense, en toda la historia, que más películas ha visto, porque mi trabajo era ese, proyectar y ver las películas, y tantas veces, que me las aprendía de memoria.

“Hubo pornografía en las proyecciones de películas, pero muy poco diría yo, eso después de las doce de la noche y para muy mayores; si cogían a uno con un menor dentro de la sala eso le acarreaba tremendo problema al dueño o quien lo permitiera. Había una tanda especial a partir de las once de la noche.

“En realidad eran películas eróticas, porno de verdad, muy pocas. Eso era perseguido como la droga, no se había impuesto como hoy, que hasta en Internet hay pornografía.

“Había gente que no podía entrar que se colaba por detrás del cine, pues era lo prohibido, lo oculto, y todo ser humano siempre quiere saber. Se cobraban 50 centavos por persona en aquella época, que era dinero, con eso se hacía la comida para una familia de cuatro personas. El “gallinero” o “tertulia” en las décadas de los años 40 y 50 era un medio; cinco centavos la entrada por persona y abajo, en los mejores asientos, quince centavos, ¡eso era dinero!.

“Un hombre trabajando en el campo ganaba 20 centavos en el día; el dinero valía demasiado y del carajo poder ganárselo uno decentemente. El cine era un espectáculo caro y la gente buscaba el medio o los quince centavos, los guapeaba. Bueno, los sábados y domingos eran las matinee y se cobraba a veinte centavos por persona. Por esto último la gente protestó, pero todo se quedó así.

“Lo que venía a este municipio eran películas viejas, pero la gente las aceptaba por ignorancia y porque no había otra diversión, otra cosa que ver. Me acuerdo del español llamado Franco, el que trabajaba en la fuente de soda, que vendía refrescos y agua efervescente, el que daba aquel llamado “corrido”, que consistía en el agua mineral de globitos bien fría con todos los colorantes de refrescos que tenía.

“También recuerdo a María Eugenia Antuña, “Luzo”, que durante muchos años fue portera del cine. Ella a veces se quedaba dormida y los muchachos aprovechaban para colarse y ver gratis una parte de la película. También fue famosa Eva, la taquillera, que no era muy conocida porque siempre estaba metida allá atrás y cobraba por aquella ventanilla pequeña.

“Trabajó aquí muchos años y es que un trabajo fijo aquí, en este pueblo, uno no podía perderlo o cambiar para otro, había muy pocas fuentes de empleo. Bueno, Eva, por problemas de amores, se prendió fuego y murió al instante.

“Yo fui el proyeccionista que más tiempo estuvo con los dueños o administradores, y creo que se deba a que me dedicaba por entero al trabajo y no daba ni quitaba color, no ofrecía opiniones, sólo mi trabajo y se acabó. Nunca tuve una llegada tarde, nada, yo era el obrero ideal. Me casé y tuve una sola hija, la cual quiero mucho. Tengo ahora un nieto de 16 años.

“A mí siempre me gustó el cine, chico, y fui rotulista, hice bastante propaganda. Con el polaco iba a San Fernando y allí pintaba los carteles. Y la misma operación la hacía en Palmira. Así anunciábamos las películas. Tenía el polaco un Mercedes Benz, buen carro. La misma película que daban aquí salía para Palmira a las nueve y allí daban segunda tanda. Era este un negocio redondo. Una película buena la daban dos veces y en pueblos diferentes.

“En el cine Arimao que se construyó con la Revolución en el poder, año l963, la primera película que se proyectó en forma de prueba fue El capitán Fracasse, por Jean Marais.

“Debo reconocer que Cumanayagua siempre me gustó y yo no quería irme ni de la calle Paraíso donde nací, porque la quería y la quiero mucho, y lo que he hecho es trasladarme a la otra cuadra, la calle Lombart. Hice una permuta y ya la casa es grandísima.

“Si volviera a recorrer el mismo camino, con verdadera conciencia de lo que iría a pasar, disfrutaría de nuevo las tandas aquellas de películas de acción, porque eso fue lo más grande que pudo pasarme en la vida, no me arrepiento de la oportunidad que tuve con este modesto oficio y mucho menos de que esto haya ocurrido en este bello rincón que es Cumanayagua.

(2do. domingo de mayo del 2001)

 

 

 

 

 

 

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