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Guamuhaya

La Cuchilla del Majá

Al cabo de los años el recuerdo sobre La Cuchilla del Majá ha vuelto y creo oportuno expresar en palabras mis impresiones, y desde todas las perspectivas, sobre el halo de misterio que la envolvía.

La propiedad era reducida y su ex propietario Huberto Arco, me aseguró que aquí, más que en cualquier lugar encontraba buen hábitat el majá de Santa María y de ahí el nombre que le puso un hermano suyo a esta pequeñísima hacienda.

Los parajes que la rodeaban no tenían igual y dentro del área no menos enigmática del puente de Manacas; y lo que se contaba podía pararle los pelos de punta a cualquiera, a pesar de que actualmente todo se reduce al montón de ruinas y el cementerio de árboles retorcidos de la otrora exuberante arboleda.

Por estas razones la crónica que no fue posible escribir cuando yo apenas contaba seis años, la ofrezco hoy por el interés que siempre despertó en mí este rincón cumanayagüense.

Desde el aire La Cuchilla es una entre tres franjas de terreno, adherida a la ribera del arroyo Manacas, que delinea un tinte oscuro que sugiere desolación, mientras que de las aguas mansas que la bordean escapan destellos fantasmagóricos, como la advertencia a no tentar lo desconocido. En lo alto las bandadas de patos esquivan el paso sobre aquella tierra paradisíaca, cual si fuera este el reino de los duendes y fantasmas del monte.

Como en ningún otro lugar, en las transparencias líquidas se baña el sol. Miles de estrellitas ciegan al intruso que intenta de esta manera ver al Astro Rey; saltan en haz de arco eléctrico y así resulta imposible contemplarlas. Pocos consiguen posar su vista sobre la corriente para disfrutar de este espectáculo prohibido. Esos destellos únicos en el arroyo, se integran al universo sobrecogedor que rodea a La Cuchilla del Majá.

Para el visitante de hace 40 años la casona de madera se levanta en una pequeña elevación, quizás con la idea de evitar el efecto de la crecida del arroyo por la caída de un buen aguacero. Siempre supuse que esta casa está viva; duerme por el día y despierta por la noche. La realidad está fuera de ella, en el patio y su arboleda. Una casa singular como ésta, son dos; y la envoltura para proteger a sus inquilinos del ultramundo y maleficio de los espíritus adheridos a la oscuridad, que acechan alrededor.

Vista de frente, a la derecha, custodiándola, la pequeña arboleda de corpulentos árboles frutales, con algún que otro cedro hacia los extremos: mango, guayaba, naranja, limón, pero nunca en demasía y sí muy apreciados por el sabor exquisito, aunque no jugosos.

Algo bueno aportaba la tierra y también algún ingrediente faltaba a las plantas para desarrollarse de forma muy distinta a las demás.

La casona, al estilo español, parece algo traído de la ciudad al campo. Su pintura original está desteñida por la lluvia y sólo sobresale el gris. La madera, inexplicablemente, deja ver una lanita como si hubieran echado piel los testeros.

La vivienda está separada del suelo sobre un túmulo y dentro el techo alto, y dos cabillas lisas de acero que nacen de los extremos, enlazadas, dando la impresión de dos manos unidas que aseguran el equilibrio de la inmensa armazón de madera.

En el patio, profuso en vegetación, impresiona el coglutar de los guanajos y el bullicio de cientos de gallinas con sus crías. La vaquería a pocos pasos y aunque el ganado es poco, da muy buena leche. Los animales practican la extraña costumbre de dormir bastante por el día y pasar la noche en vigilia, como si en las sombras engendros demoníacos los vigilaran, y de ello estuvieran avisados.

Las frutas de la arboleda adquieren una coloración singular. Puede asegurarse que el maíz de consumo, crece con tanta fuerza, que se le escucha estirarse en los mediodías de silencio. Aquí los gorriones no se atreven a llevar su alboroto más allá del arroyo.

Una bandada de judíos, vigías del monte, entra en la finca y no tarda para que atraviese el lugar. En La Cuchilla hay aves de silencio: las chinchilas deslizándose detrás de los insectos o la paloma rabiche entonando su arrullo luctuoso sobre las ramas altas. Cuando el sol se despide no existe noche más oscura.

Cuentan que en la puerta de golpe, un hombre de baja estatura, de color blanco gelatinoso como las aguamalas, sin decir palabra, custodia esa entrada. Algunos, con otros ojos para ver, hacen otras referencias de este tipo.

Relatan que por las noches, luego de estar todos en casa, se mecen los sillones en la amplia sala o cae estrepitosamente al suelo la loza de la cocina. Cuando alguien valiente comprueba tal fenómeno, los balances están quietos y en la cocina nada se ha caído o está roto. Sólo un fantasma lograría atravesar las paredes y realizar semejantes travesuras.

En extremo y por encima de lo común estaban la inmensa colonia de ratas y ratones fuera de la casona, así como el  comportamiento de algunos animales domésticos. Nené, vaquero de la finca, poseía un caballo de buenas condiciones que, no se supo nunca por qué, nadie podía llamarle por el apelativo “Puya”. Cuando escuchaba esta palabra dicha en alta voz, arremetía contra el sujeto y si no andaba ligero y subía a un árbol, o al portal del inmueble, de seguro que lo mataba a patadas.

Por el patio merodeaba la “gallina asesina”. Era blanca y riza; y no había más que acercase a ella y sus crías, para que volara sobre uno y a ¡sacarle los ojos!. Por la suerte o habilidad de no perder ni un pollito, había escapado más de una vez al caldero.  Victoria y su esposo Yito, sin descuidarse, estaban prevenidos sobre este peculiar actuar. Esos ataques sucedían generalmente en contra de personas desconocidas, que por alguna razón iban hasta la  “tierra de nadie”.

Muchos también llegaron a creer que fueron únicos, sin igual, los pavos reales blancos de La Cuchilla del Majá. El enigma que encierra a estas aves es que, cuando la finca quedó olvidada y los fantasmas huyeron, ellos también desaparecieron y la última vez que se les vio juntos fue por la zona de Mercón. Ambos, quizás, conformaban el talismán, o equilibrio del bien, en este paraje que para siempre se ha quedado en la memoria de muchos cumanayagüenses.

¿Cuántas noches pasaron sobre la vetusta casona? ¿Cuántas veces, en la madrugada, el canto del sinsonte desvelado rompía el silencio? Al fin el misterio dejó de ser misterio. La yerba oculta ahora las pocas ruinas de la antes imponente vivienda, donde los naranjales de la empresa Cítricos Arimao invadieron la “zona de peligro” y manos de estudiantes de la ESBEC “Bárbaro Álvarez” siguen recogiendo  buenas frutas, sin saber que allí tuvieron larga vida los espíritus que esta vez enmudecieron para la eternidad.

Por mi parte, no podía renunciar a traer la visión del pasado hasta el presente, que es otro viejo recuerdo de este pueblo escambradeño, que no está lejos ni cerca de ningún lugar.

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